Valmore Muñoz Arteaga
Maracaibo, Enero de 2012
Tu cuerpo… dice Montejo
Tu cuerpo, dice Montejo, es este país que tanto quema,
es luna que ronda blanca sobre palmeras distraídas
es el deseo de retener -dentro de mí- voces salvajes.
Tu cuerpo, dice Montejo, es vivir al filo de las horas
escuchando media vida bajo sol en la tierra,
es perderse en uno mismo
para que nos habiten las palabras.
Es amor que alcanza,
es tiranía que estira oscuridades,
es una casa sin andamios que nos espera
donde se sopesa la profundidad con murmullos y silencios.
Tu cuerpo, dice Montejo, es trópico absoluto
con palmares azules y blancos.
Cuerpo que sueña fundirse en otro cuerpo
tras los espejos donde se ocultan los duendes
para huir de tus jadeos y susurros.
Cuerpo, tu cuerpo, dice Montejo, por donde se vuelve
a los dioses profundos.
En tu cuerpo, dice Montejo, no cabe ningún amor
pero le he dicho obstinadamente
que tu cuerpo no es un cuerpo como los cuerpos
que él conoce.
Tu cuerpo es espiral dispersa y suave
donde, por el contrario, nace el amor de sí mismo
por cuanto en él nada huye
todo se transforma siempre en otra cosa siempre.
Tu cuerpo es un entramado de ondas
que se expanden como si Dios no se moviera.
Tu cuerpo, nube que no cae,
tu cuerpo, beso sin tregua en cámara lenta,
tu cuerpo, secreto redondo de la rosa,
tu cuerpo, mi cuerpo dando gritos por tu cuerpo.
En tu cuerpo… dice Ramón Palomares
En tu cuerpo, dice Palomares, brilla la zona
donde los gavilanes suelen dejar sus garras y pedazos de sus alas,
donde el jaguar desiste de la potencia de su mandíbula
y se abandona como cordero,
donde salen las nubes a dar vueltas sobre las praderas contentas.
En tu cuerpo soy como aquel hombre que estaba sentado en una mesa de juego
y al promediar la tarde se vio rodeado por montones de mujeres
que ponían sus brazos en su cuello
mientras reía lleno de monedas, joyas y prendas.
Y es que eres, me lo repetía Palomares,
pequeña flor blanca
pequeña colina
pequeña taza de oro
pequeña corriente de leche
pequeño espacio donde me hago pequeño
casi sin querer
mientras siento que me nacen flores en el cabello
y me lleno de ilusiones que cantan desde una luz distinta.
Pequeña flor blanca
que siempre está abriéndose
aunque te confundan con tristeza de árbol
aunque te confunda con trinar de ave enjaulada,
aunque nadie vea el río que canta lejos dentro de ti.
Y es que tu cuerpo, dice Palomares,
es vestido de orquídea blanca
es amorosa pequeña colina.
Tu cuerpo es la lágrima que me corre
cuando perciba la voz que llegue
y en ti ponga una bandera dulce y tierna.
En tu cuerpo… dice Hesnor Rivera
En tu cuerpo, dice Hesnor, la soledad cae de espaldas
y engendra un raro océano donde la llama se apaga
para seguramente morirme al lado de un ronco paisaje
que flota como la piel de un ángel.
Tu cuerpo es tierra de reposo
en donde hay árboles alrededor
y el sol siempre se mueve de un lado a otro.
En tu cuerpo puedo adivinar el paso
nocturno de los mares cuando vienen
a estrellar contra las rocas altas
como a un pez a la luna.
Al guardar silencio, tu vientre cuenta quedamente
cómo las sombras traen en sus ramas
restos de naufragios y una isla sin nombre.
Cuenta cómo la tarde baja
a remontar las colinas donde el ángelus
convierte en mariposa de fuego
su sombría antigüedad de campanas.
En tu cuerpo puede sentirse
cómo la muerte andaba entre las rosas del patio,
cuenta Hesnor que cuando llovía
era hermoso verla dejar sus huellas
de animal infinito sobre el barro.
En tu cuerpo el deseo reposa jadeante
frente al hambre matinal que me procura esta pobreza
de sopas ausentes y resignación despiadada.
Desde tu cuerpo la muerte me da vueltas
hasta marearme dentro del olor vertiginoso de las lámparas,
hasta volverme memoria de una casa llena de fantasmas
que ruedan entre la ceniza de los pájaros
despoblados de cielos y de ojos sin brillo.
En tu cuerpo, sólo en tu cuerpo solo
puedo ahora trazarme los itinerarios para no olvidarme
de cómo quemar el renacer de otros tiempos dentro del tiempo.
Tu cuerpo blanco de agua retenida,
plaza del sol, éxodo vuelto retorno,
ciudad joven del fuego, ciudad nativa
donde las muchachas amanecen siempre desnudas siempre
olorosas a sexo mineral y a aceite de coco.
Tu cuerpo es, lo dice Hesnor completamente borracho
en un rincón perdido del Piel Roja,
zona donde el agua es el fuego,
donde el amor se bebe como un vaso de perdidos relámpagos,
un espacio donde el tiempo no siempre suele empezar
por unas hojas húmedas y unas palabras recogidas
en la soledad de un río inconstante.
Tu cuerpo es, insiste Hesnor totalmente alucinado por
el alcohol, un lago en cuya superficie roja
bailan las cabezas reblandecidas de las naranjas
abandonadas por los navegantes borrachos.
En tu cuerpo, entonces, me siento luna nueva siempre,
bandera en la mezquita del mercado,
noctámbulo amoroso, luz que ha roto el límite.
Tu cuerpo es, ahora lo veo claro,
la tierra secreta donde duermen las mujeres
que me amaron, esas que decían pertenecer
a una raza distinta y que improvisaron sin éxito
ser llama donde desaparecen los astros.
Ya no las recuerdo siquiera por el movimiento de sus sombras,
ya que sólo eres tú,
sólo tu cuerpo y tu mirada mágica
donde quiero entregarme a los túneles hambrientos
más hambrientos de la noche.
En tu cuerpo… dice Adriano González León
Me siento viejo, me cuenta con tristeza Adriano,
me siento viejo y decaído, y esto, seguramente lo intuyes,
no es nada fácil. De pronto, casi por una especie de azar oscuro,
los viejos caminos se vuelven temblorosas hojas húmedas
y es así como nos termina resultando imposible recordar
hacia dónde quiso partirse.
De los barrios enormes apenas recuerdo la luna colgada
sobre la pobreza de los ranchos.
Del lago no queda más que un olor extraño
que nunca cupo en los itinerarios ni en las bitácoras.
De mi cuerpo, sólo la muerte que es una puerta abierta
y un cuerpo que tocó mi cuerpo
mientras un canto que despierta las mañanas
se me atoraba en la garganta.
Ese cuerpo que tocó mi cuerpo
se me esconde entre maniobras de sombras y deseos
trayendo en sus manos agua maldita y
sin embargo llena de purificaciones.
En ese cuerpo, poeta, ladra una tenebrosa antigüedad de petróleo
que golpea pegajosa en las tablas del bote
con el cual recorremos el lago de la demencia.
Entonces supe que hablaba de ti, de tu cuerpo.
Ese cuerpo es tu cuerpo.
En tu cuerpo, dice Adriano, pueden verse
bajo un fermento azul medio desnudo las luces roncas
de los relámpagos lejanos
que retumban como altas hogueras
-en tu vientre- la noche caliente que se sabe balancear
arrastrando las horas, bostezando calor,
haciendo más lento el tiempo de los encuentros
que sólo posibilitan los obstinados deseos.
En tu cuerpo, dice Adriano, un tramo sin terminar,
la sed de un hombre que daba sed,
la gracia y el horror de tus ternuras,
complicidad de varias músicas desatadas
cuando bajo a sorber eucalipto agudo de tu sexo.
Tu cuerpo, en tu cuerpo, luna de transfiguraciones,
de demoliciones, de éxodos que vuelven sus ojos
a los menesteres de la melancolía.
Tu cuerpo, en tu cuerpo, dice Adriano,
una fragancia que se repite, maníaco olor a último cigarrillo,
a extravío necio entre las calamidades de tus jadeos
de hembra que no se agota en espasmos sonoros.
Tu cuerpo, tu cuerpo, delgada serenata nocturna
que me vuelve despojo y me trafica mojado
con el hierro periférico de tu saliva.
En tu cuerpo, dice Adriano, los frutos
para quebrar los cerrojos del infierno.
En tu cuerpo el puerto donde sólo llevo
a proferir gritos desesperados por el fuego de tu fuego
el que me niega tus frecuentes silencios.
Te has vuelto sólo apariencia de las cosas, me dice Adriano,
has comprendido sobre la levedad de tu existencia en su existencia,
y mientras más dependas de su voz que calla entre las flamas,
más su cuerpo se hará en ti
puerta impenetrable,
palacio inesperado,
emboscada de amor,
herida que consuela,
vasija con agua derramada dulcemente,
piedra que protege del enemigo,
calzado que encuentra el camino verdadero.
Doncella de hielo y nieve,
doncella de fuego en tormento esparcido.
Doncella de cuerpo hecho de laboriosas líneas de besos,
de noche entre roce de senos, de cópula que enardece la noche.
Escarba en su cuerpo, me dice Adriano,
escárbalo con dedos rígidos.
Juguetea en su vagina, cilíndrica serpiente que chupa
de tus falanges. Hazla gozar, poeta,
que su cuerpo desnudo aprenda a tejer goces ofidios.
Yo me siento viejo, me dice Adriano, pero tú, muchacho,
tan sólo ábrela, ábrela toda,
escúchala abrirse
y déjate ir, tan así, para muy lejos,
déjate ir, así, así, así.
* Nota sobre un Cuaderno de notas
Cada poema está escrito entre dos. Un poeta y yo, que soy lo que soy. Nada, es un juego. Cada título indica con quién lo estoy escribiendo. Hay versos del autor en cuestión, la mayoría son versos míos; hay versos míos acreditados al poeta en cuestión, y hay versos del poeta que parecen ser míos. Nada, es un juego.
Valmore Muñoz Arteaga nació en Maracaibo, Venezuela, en 1973. Egresado en Letras y profesor de la Universidad Católica Cecilio Acosta, es poeta y ensayista. Ha publicado: Registro de desvelos (2010), Camyla (2009), Sylvia (2008), Bajo la caligrafía de la noche (2004), Mario Briceño-Iragorry. Desde la vigilia y otros ensayos (2000).
En País Portátil:
- Palabras de mujer
- «Erotismo y violencia. Una aproximación a la narrativa de Israel Centeno».
- «Cadáver exquisito».
- «Sylvia».
- Entrevista. «No soy un apasionado de la literatura venezolana».
- Entrevista. «Llegué a la literatura a través del cine».
- En Rojo, de Gisela Kozak Rovero.
- Entrevista. «Poesía llevada adentro».
- Entrevista. Hesnor Rivera «parecía una invención literaria».
- Entrevista. «Los niños sacan lo mejor de mí, me hacen creer en el mundo».
- Entrevista. «Éramos dos contra Tebas: Duendes, aparecidos y ceretones».
- «Escribir es divertirme y me divierto cuando escribo».




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