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Crítica Literaria, Crónica

Dos novelas de horror y sangre

Roberto Echeto
Enero 2012

En estos días terminé de leer Nochebosque, de Juan Carlos Chirinos, y Un vampiro en Maracaibo, de Norberto José Olivar. Aparte de la satisfacción que, como lector raso, me produjeron ambas novelas, no puedo dejar de formular algunas preguntas que los dos libros encendieron en mi cabeza atolondrada. La primera de ellas es obvia y tiene que ver con el interés de sus autores por la literatura fantástica.

¿Qué hay en el ambiente venezolano como para que dos autores tan distantes como Norberto José (Maracaibo, 1964) y Juan Carlos (Valera, 1967) le hayan dedicado parte de su tiempo y de sus esfuerzos a un género que, en apariencia, no cuenta con una larga tradición en nuestra literatura? Lo que hay en el mundo cada vez que florece la literatura fantástica en cualquier lugar: incertidumbre. No es que haya épocas en las que los seres humanos nos sintamos totalmente seguros; es que hay momentos en la vida (meses, años, lustros, décadas…) en los que sentimos que no hay lugar ni discurso ni idea ni creencia ni patria ni orden capaz de quitarnos de encima la sensación de vulnerabilidad, la impresión de que algo terrible está por ocurrirnos desde el punto de vista político, económico, social y personal. Tal es el peso de las circunstancias en esos días extraños, que nadie, por más que quiera, se siente vivo a plenitud. Ese puede ser el motivo que explica por qué en los últimos años se ha cultivado un tipo de literatura llena de criaturas ambiguas capaces de trasponer los umbrales más diversos.

Antes de continuar, precisemos algo: en Venezuela la literatura fantástica escrita no cuenta con una tradición tan acentuada como la que se transmite de generación en generación a través de la oralidad. Si bien en la memoria oral de los venezolanos (al igual que en la de buena parte de los latinoamericanos) hay personajes de ultratumba, el grueso de la literatura escrita en nuestro país ha estado más interesada en los conflictos socio-históricos que en las manifestaciones del más allá. Salvo en las obras de José Antonio Ramos Sucre, Julio Garmendia e Israel Centeno, los ejemplos elaborados y complejos de una literatura fantástica seria, ambiciosa y hecha en nuestro país no abundan. Hay cuentos, poemas, novelas y obras de teatro con elementos fantásticos, pero obras completas fraguadas a partir de la intromisión de fantasmagorías en el mundo cartesiano (o viceversa) hay muy pocos. ¿La razón? Quién sabe. Tal vez nos dé miedo (¡!) escribir sobre temas ajenos a la seriedad de nuestra tradición literaria o quizás nuestra realidad, tan descocada las más de las veces, no estimule el necesario extrañamiento ni la debida distancia para hacernos entender que las historias de fantasmas no son meras invenciones diseñadas para asustar y entretener, que en ellas puede producirse un retrato de la sociedad que quizás no sea tan nítido ni tan directo como lo esperaría un lector obtuso formado en el realismo más rancio.

La Historia de Venezuela (tanto en su versión oficial como en su versión menuda) es pródiga en rarezas que forman parte de la normalidad de la vida cotidiana. Si lo raro es parte de la vida de todos los días (y la vida venezolana ha sido siempre así), entonces no hay razones para sorprenderse. Por eso los libros de Norberto José Olivar y Juan Carlos Chirinos que apuntamos unas líneas más arriba, son tan importantes: porque son sintomáticos de una época en la que «lo raro» es de tal magnitud en nuestro país que no sólo nos sorprende, sino que nos crea la necesidad de hablar de ello de todas las maneras posibles, incluso con la elusión y la ambigüedad propias del relato fantástico.

Desde perspectivas muy distintas, las historias de Nochebosque y Un vampiro en Maracaibo establecen un paralelismo entre hechos delictivos (asesinatos en serie, violaciones, canibalismo, consumo de sustancias tóxicas…) y hechos sobrenaturales (vampirismo, licantropía, apariciones ectoplásmicas, rituales esotéricos…). Lo sangriento como evento delictivo a la vez que fantástico es el núcleo desde el que se articulan los personajes y las acciones de estas dos extraordinarias novelas. Preguntarse de dónde proviene la necesidad de esparcir el horror en la vida real en un país tomado por delincuentes y criminales de todo tipo parece ser la pregunta que está detrás de estas propuestas literarias.

No faltará quien diga (con razón) que la anterior fue una inferencia un tanto descabellada porque Juan Carlos no vive en Venezuela y porque Norberto escribió otra historia de vampiros en un mundo lleno de historias de vampiros. Al respecto no tengo mucho que decir, salvo que ambos escriben muy bien y que sus respectivas personalidades (amén de sus obras) no se caracterizan por la ingenuidad. Juan Carlos Chirinos vive en España y tal vez no escriba un relato fantástico pensando en los niveles de depravación a los que han llegado los delincuentes en su país natal. Quizás Norberto haya escrito el relato de vampiros que él, lector incansable de Bram Stoker, Anne Rice, John William Polidori y Stephanie Meyer, quería escribir porque sí, porque quería ver su nombre entre la lista de autores que fabularon sobre las mil y un variantes de la historia del conde más famoso de Transilvania, y jamás le prestó atención al hecho trivial de que vive en una de las ciudades más violentas de Venezuela. Si eso es así, tan simple, ¿por qué los relatos de Norberto y Juan Carlos que nos ocupan, encuentran la base principal de todas sus estructuras narrativas en la comunión delincuencia-horror? ¿Porque el asesinato y las muertes violentas forman parte de las características propias del género o por otras razones que se nos escapan? Aunque nunca obtengamos una respuesta definitiva, no podemos dejar de destacar la relación que existe entre los asesinatos que aparecen en las páginas rojas de los periódicos y los que aparecen en las páginas de las novelas que aquí comentamos.

En ese aspecto, Un vampiro en Maracaibo es más transparente que Nochebosque. Mientras en la primera, detectives y periodistas lideran las investigaciones para esclarecer los hechos extraños que abundan en la novela, en la segunda no hay quien trate de resolver los misterios de la casa perdida en la montaña, salvo la propia protagonista, que es víctima de los «monstruos». En uno y otro caso «lo raro» se hace presente de las maneras más diversas. En una novela aparecen personas desangradas, criaturas primitivas semejantes a pterodáctilos; en la otra hombres lobos, alucinaciones inducidas por sustancias feéricas, sueños en los que el soñador siente que se lo comen…

La mejor manera de valorar la aparición de lo raro en estos libros es observando cómo funcionan los distintos niveles en los que ocurren los hechos. Los relatos fantásticos suelen presentar distintas realidades superpuestas en planos que se tocan unos a otros en puntos muy específicos. Las breves coordenadas donde coinciden dos o más realidades constituyen el espacio de lo raro, el lugar donde ocurren los hechos extraños y paranormales, el lugar donde la manifestación de una realidad entra en otra.

En Un vampiro en Maracaibo todo sucede en el mismo nivel; no hay ruptura del plano real. La acción transcurre en una ciudad acotada en todos sus detalles. Casi podría leerse con un mapa en la mano y ver dónde quedan los cementerios, los bares, las cafeterías y las urbanizaciones que en cada página se nombran. La inquietud que produce esa exactitud geográfica corre paralela a la constante aparición del monstruo en esos parajes reales. El recurso de la cita hemerográfica, apócrifa o no, acentúa la presencia de esa criatura insaciable que recorre el tiempo y el espacio de una ciudad reconstruida, recreada, refundada desde la literatura gracias al trabajo que sobre el lenguaje realizó su autor, y así continúa hasta el final, sin que se abra ninguna fisura por donde entre otra realidad distinta a ésa tan cercana en todo detalle a la de la Maracaibo de todos los días.

En Nochebosque pasa algo muy distinto. En casi toda su extensión el relato muestra un plano de la realidad que luce muy semejante al del mundo contemporáneo. En los límites vagos, imprecisos de ese mundo plagado de guiños a personajes de la literatura para niños, una joven se dedica a cuidar, durante sus vacaciones de verano, a un muchacho obstinado que quiere huir a una cabaña oculta que, según él, se encuentra en medio de la fronda que rodea su casa. En el entretanto de sus actividades de niñera y cocinera, la joven tiene unos sueños que amplían y condimentan las extrañas experiencias que le toca vivir mientras trata de complacer al muchacho caprichoso y a su madre volátil. De pronto, cuando la trama llega a un punto muerto, el relato muestra con toda crudeza la brecha por la que se asoma otro plano de la realidad menos poético, más pragmático y más cruel.

El universo violento de Un vampiro en Maracaibo es el que se forjó después de la ruptura del plano que llevó al mismísimo Drácula a esas playas del occidente venezolano. El universo vaporoso de Nochebosque es el que existía antes del quiebre que nos mostró que todo cuanto leímos era el más grande de los delirios.

Hasta aquí dejo la disertación.

Consigan estas dos estupendas novelas, léanlas, asústense y piensen en los retratos alegóricos, en los cuadros expresionistas que crean de la nube de incertidumbre que flota sobre este mundo que vivimos, ganado para la oscuridad y el mal.

Roberto Echeto nació en Caracas, Venezuela, en 1970; es Licenciado en Letras por la UCAB, productor de espacios radiales, dibujante y escritor. Ha publicado No habrá final (Novela) y tres libros de cuentos: Cuentos líquidos, Breviario Galante y La máquina clásica.

Roberto Echeto presenta http://robertoecheto.blogspot.com/


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Editor: Monzantg // Comuníquese con nosotros: revistapaisportatil@gmail.com

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