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Crónica

Clandestino

Jaime Andrés Carrasco
Maracaibo, Noviembre de 2011

para Nancy y Carolina,
mis hermanas en París



Solo voy con mi pena / Sola va mi condena / Correr es mi destino / Para burlar la ley / Perdido en el corazón / De la grande Babilón / Me dicen el clandestino / Por no llevar papel / Pa’ una ciudad del norte / Yo me fui a trabajar / Mi vida la dejé /Entre Ceuta y Gibraltar / Soy una raya en el mar / Fantasma en la ciudad / Mi vida va prohibida / Dice la autoridad / Solo voy con mi pena / Sola va mi condena / Correr es mi destino / Por no llevar papel / Perdido en el corazón / De la grande Babilón / Me dicen el clandestino / Yo soy el quiebra ley / Mano Negra clandestina / Peruano clandestino / Africano clandestino
«Clandestino», Manu Chao (1998)

Deambulaba el apartamento y recordé que debía responder un mail a un amigo de Caracas. Me senté frente a la computadora, abrí el correo y observé que tenía un mensaje a través de la populosa red creada por Zuckerberg. Era de Julio, un amigo de la época de clandestino-parisino. Su mensaje iniciaba contando que durante todos estos años —desde fines del 2006 hasta la fecha—, cada cierto tiempo se preguntaba qué sería de mí.

Continuaba explicando que, a causa de la crisis económica que vive Europa desde hace un par de años, había dejado París para retornar a su querida Lima. Agregaba que la situación se había tornado muy difícil, que nunca logró obtener la residencia.

Sentado ahí, noté que el mensaje era mi presente, mí ahora; a medida que leía cada línea, me llevaba a mi pasado. Mi cabeza, como proyectora cinematográfica, comenzó a lanzar imágenes. Una de ellas fue el día que nos conocimos con Julio. Fue en el metro, una noche que, al salir del vagón y caminar por los pasillos buscando la trasferencia de la línea, él, al advertir la presencia del control policial —al final del túnel— amagó salir huyendo. Yo, al percatarme de su reacción instantáneamente le pregunté:

—¿Tienes tu carta orange? —Sí, me respondió.

—Ok, entonces sigue caminando, sólo te pedirán que muestres la carta.

Entendí que era un ilegal más que llegaba a la ciudad y que, sin duda, aún no conocía cómo funcionaba el sistema de control de tickets en el metro. Un año había transcurrido desde mi arribo a París, lo que me otorgaba el conocimiento necesario para saber que, mientras tuvieras el ticket de metro o en su defecto el carnet mensual, conocida como carta orange, no había razón para ponerse nervioso al enfrentar el control.

Como suponía, no tuvimos inconvenientes; mostramos los tickets y continuamos viaje. Resultó que íbamos en la misma dirección, a la estación Nation. Él vivía por los alrededores de aquella terminal de metro, yo me vería con una chica en un restaurante del sector. Una vez que salimos de la estación, caminamos tres cuadras por el Bulevard Voltaire, y nos detuvimos en el portal de entrada del edificio en que vivía. Iba adelantado a mi cita, por lo que saqué dos cigarros, los cuales fumamos mientras conversábamos.

No me quedé con él sólo porque me sobraba tiempo, son situaciones que se dan, con frecuencia, entre sudamericanos que nos encontrábamos en París. No se dudaba sí surgía la oportunidad de conocer a otro paisano latinoamericano; en parte, tratando de mitigar la nostalgia, y también, para compartir experiencias matizadas con una que otra broma. Porque, en términos generales, el francés y en particular el parisino —siempre hay excepciones, y doy fe de aquello— hacen parte de una sociedad fría y distante, donde resulta difícil integrarse, más si se es inmigrante indocumentado.

Luego de veinte minutos de charla, me marché a mi cita, no sin antes intercambiar los números telefónicos, así podríamos cuadrar una salida a beber algo o para que jugara en el equipo de fútbol que habíamos formado, integrado sólo por sudamericanos, que los domingos se reunía en las canchas del bosque de Boulogne. «Los indocumentados», nos hacíamos llamar.

Mientras mi memoria procesaba imágenes, y aún frente al monitor, en uno de esos actos de ensimismamiento que me son comunes; todo ese ejercicio mental se rompió a causa de los fuegos artificiales que estallaban en la calle. Es época de feria y el apartamento se ubica en una zona muy frecuentada por los «enferiados». Desde la ventana maldije, en silencio, al imbécil causante del ruido ¡Odio el ruido a altas horas de la noche! Rápidamente olvidé el asunto, fui en busca de algo para beber y continué en lo que estaba.

En uno de los párrafos del extenso mensaje de Julio, mencionó que, poco a poco, en los últimos cinco años, muchos de nuestros amigos clandestinos habían regresado a sus países.

Esto me hizo reflexionar sobre la crisis económica que vive Europa, donde el modelo de bienestar social que ostentaban, no escapó a las garras de esa aristocracia poderosa que constituyen banqueros, empresarios y políticos: insensibles especuladores encargados de destruir un sistema de vida medianamente digno.

Fuimos afortunados. Esos años los pasamos acompañados, cosa que no podía decir la mayoría de aquellos amigos que frecuentábamos y que estaban en el mismo estatus. Él tenía a Carmen, su esposa —peruana, también—, yo salía con Isabel, una chica del Uruguay.

Vivíamos el día a día.

Con mi «pata» —utilizando la jerga peruana para decir amigo—, nos reuníamos en su diminuto apartamento a tocar la guitarra, cocinar y beber uno que otro trago. Su apartamento, pequeño, tenía la particularidad de ser el ático del edificio, y nos permitía tener acceso al techo, donde disfrutábamos bellas vistas nocturnas de la ciudad. En una ocasión, desafiando la gravedad en las alturas del inmueble, disfrutamos del novedoso fenómeno climático que era para nosotros ver caer nieve.

Otra vez algo interrumpe. Es el teléfono anunciando un mensaje: «Hey, mijo, y vo’ dónde estais meti’o». Lo apago y de vuelta en lo que estaba, con ganas de responderle a Julio, trato de hacer memoria de la última vez que le escribí, y caigo en cuenta que han pasado tres años. Me justifico a mí mismo diciendo que perdí su dirección de mail.

Luego de algunas excusas por no haberle escrito, aparecen nuevas imágenes en mi cabeza. Son en Pont
des Arts, puente peatonal que cruza el Sena y que está a la altura del Instituto de Francia y el Museo de Louvre. Ese puente representaba más que eso; era una especie de isla, nuestro pequeño territorio dentro de París, en el cual nos sentíamos intocables, pues la policía rara vez entraba en «nuestros dominios».

Entre turistas de todo el mundo, disfrutábamos la vista hacia la isla de la Cité, del río, las chicas y un gustoso picnic; al mejor estilo parisino: vino, pan, queso y embutidos. Una tarde en la que compartíamos con unas chicas italianas, se acercaron dos Skinheads franceses, y con su tono despectivo pidieron un cigarro. Para ese entonces mi limeño amigo ya dominaba bastante bien el idioma, y no le gustó la actitud racista de los cabeza-rapadas. Nos levantamos coordinadamente —estábamos sentados en el piso—, y cuando estábamos a la misma altura de los Skin, los encaramos verbalmente y con tono muy agresivo. Bajaron la guardia y trataron de calmar la situación. Julio, en un estado de cólera que jamás había visto en él, no quería dejar las cosas así, y tuve que sujetarlo firmemente. Mi preocupación mayor en ese momento era calmar a Julio y que no llegara la policía; ellos me daban igual, no eran importantes.

Julio, le dije, en español y cerca del oído, recuerda que no podemos meternos en problemas. Ok, está bien, tienes razón, respondió.

La situación se calmó y le dije a los Skins: «Ok, no hay problema, todo bien». Se marcharon, no sin antes insistir en el cigarro, y se los di. Al alejarse, denotaban que iban mascado la rabia, causada por «tercermundistas» que invadían «sus espacios» de la ciudad y que, además, los desafiaban.

Escribiendo la respuesta a Julio, recuerdo las veces que íbamos con Carmen e Isabel a los parques de la ciudad, los bosques de Boulogne o Vincennes; ubicados en las periferias oeste y este de París; o nos caminábamos la ciudad, siempre con la intención de descubrir lugares que el circuito turístico no toma en cuenta. Para nosotros, era ahí donde radicaba el real espíritu de París y su gente.

Uno de esos lugares, que despertó mucho nuestra curiosidad, y que comenzaba a ser parte del circuito turístico, eran las catacumbas de la ciudad: antiquísimas minas de piedra caliza que, a fines del siglo XVII, se transformaron en un osario subterráneo de restos humanos: los huesos de alrededor de seis millones de parisinos, con una data de muerte de tres siglos atrás, apilados en forma de muralla.

No es un lugar para gente impresionable, quizás por ello ni Carmen ni Isabel se animaron a bajar, porque la entrada el lugar da escalofríos; más cuando lees el epígrafe del poeta Jacques Dellile que, escrito en la pared da inicio al recorrido: «¡Detente! Aquí está el imperio de la muerte».

Termino el mensaje para Julio y le doy a enviar a su viaje virtual hasta Perú. Veo la hora y caigo en cuenta que ha transcurrido cuatro horas desde que abrí el correo. En ese tiempo, con interrupciones incluidas, recreé ese período de nuestras vidas.

Aún sentado, manos en el teclado, me digo: «Hicimos lo que teníamos que hacer en aquellos años». Fuimos valientes porque dejamos la «seguridad» de nuestros países para aventurar; también locos, ya que muchos nos fuimos sin dominar el francés y con escaso dinero en los bolsillos; e irreverentes, sin duda, pues desafiamos la autoridad trabajando y viviendo de forma ilegal.

Jaime Andrés Carrasco nació en Santiago, Chile, en 1971. Comunicador Social por la Universidad Católica Cecilio Acosta (UNICA) de Maracaibo.








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