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Entrevista, Literatura

«La lectura es la mejor droga»

La lectura es la mejor drograEntrevista a Juan Carlos Chirinos para País Portátil
por Valmore Muñoz Arteaga
Madrid, 25 de septiembre de 2011

1.- ¿Qué cosa representa la literatura en la vida de Juan Carlos Chirinos?
Es mi modo de vida. Puede faltar todo, pero nunca una buena lectura ni la oportunidad para escribir. Literatura, pensamiento y acción van de la mano en mi cotidianidad. Incluso a veces me da dinero, lo que ya es el colmo.

2.- He leído que de niño soñabas con ser un «Agente fantasma». ¿Qué pasó con ese sueño? ¿Qué pasa con los sueños de la niñez?
Todavía me ofrezco a cualquier agencia internacional que me quiera contratar de «Agente fantasma», aunque lo mejor que puede ocurrir con los sueños, con ciertos sueños, de la infancia, es que no se cumplan nunca. Cuando era niño, mi abuelo me decía que quería que yo fuera científico para que le inventara una mochila voladora. Lamentablemente, no vivió para ver que su sueño se hizo realidad en la inauguración de los juegos olímpicos de los Ángeles, en 1984, cuando un hombre aterrizó en medio del estadio con una mochila voladora a sus espaldas. Pero justamente porque nunca lo supo, la vida de mi abuelo fue feliz, y nos la hizo feliz a nosotros.

3.- De Leerse los gatos hasta el día de hoy han transcurrido casi 15 años, de hecho 14, pero no me resulta un buen número. ¿Qué queda de aquel Juan Carlos? ¿Qué cambió más radicalmente en tu relación con la escritura?
Todo ha cambiado, esa me parece la esencia de la identidad. Uno cambia para ser el mismo siempre en diferentes circunstancias, ya lo decía Ortega y Gasset: «Yo soy yo y mis circunstancias». Algunos cuentos de Leerse los gatos son de 1988, 89, es decir que han pasado muchos más años de los que apuntas. Es verdad que hay varios relatos allí que no escribiría ahora, ni siquiera me gustan ya, pero tienen un valor fundamental para mí, y fue algo que señaló Luis Barrera Linares en una reseña que hizo del libro, y que desde entonces me ha sido muy útil: ese libro es un «abanico de apuestas para el futuro». Muchas de las cosas que están allí apuntadas (lo mórbido, lo fantástico, cierta crueldad de la infancia, la historia mítica y real, la relación con la tecnología) han seguido presentes en mis textos posteriores. Esa es la razón por la cual regreso a ese libro: buscando saquearme a mí mismo. Además, hay un elemento constante desde el primer al último cuento: la poesía. Un narrador que no lea poesía, pienso yo, no tiene mucho futuro, porque se volverá sordo de sí mismo. Una sola cosa ha cambiado radicalmente: el uso del tiempo presente. Es el más simple y el más difícil de los tiempos verbales en español, y hay que tener cuidado con él.

4.- ¿Recuerdas dónde apareció tu primer texto? ¿De qué trataba?
Sí, lo recuerdo. Debía de ser 1984 u 85, y apareció en una pequeñísima publicación de las damas amigas del Hospital Central de Valera, que presidía —o sigue presidiendo, no lo sé— la señora Mila Contessi, mamá de Miguel, uno de mis mejores amigos de la infancia. Así que ella fue mi primera «editora». Incluso recuerdo el nombre del texto, Utopía valerana. Influido, claro está, por mi recientísima lectura de la obra de Tomás Moro. Debe de estar escondido entre los papeles que conservo en la casa de mis padres allá.

5.- ¿Quiénes han sido fundamentales en tu madurez como escritor?
El primero que me abrió los ojos al mundo vastísimo de la gran literatura —pero también a la música, una de sus aficiones más persistentes— fue José Balza, primero como mi profesor en la escuela de Artes de la UCV, y luego como el consejero y paternal amigo que ha sido durante todos estos años. Le debo mucho a José, y me alegra que haya sido él mi «mentor literario» porque además de un generoso sabio es uno de los escritores más importantes en español, y el premio Cervantes ya debería saberlo. Luego han venido muchos otros escritores que, tanto en sus libros como personalmente, me han ayudado a entender, a acercarme a diversos aspectos de la literatura. Ahora mismo recuerdo a cuatro con quienes he tenido una, por lo menos para mí, fructífera relación intelectual: Eduardo Liendo, que dirigía el taller literario en la UCAB y cuya sensibilidad para la lectura y el análisis nos marcó a todos los del taller; Harry Almela, extraordinario poeta con quien tuve la fortuna de trabajar y entablar amistad y de quien aprendí a escuchar el poema; Silda Cordoliani, de cuya intensísima inteligencia aprendí que siempre hay una segunda lectura y que el humor es un pilar fundamental en todo; y Ednodio Quintero, al que la suerte colocó en Salamanca mientras estuve allí y con quien me unen afinidades de la tierra —ambos somos trujillanos— pero también afinidades literarias y pasión por la contemporaneidad más rabiosa. Algunos suelen decir que mi escritura es deudora de la prosa de Ednodio, lo cual agradezco y acepto sin dudarlo, ¡pero qué más quisiera yo escribir como él! Tendría que nombrar a todos mis profesores, desde Ernestina Salcedo, en la UCAB, a Carmen Ruiz Barrionuevo, en Salamanca. Y aún así me faltarían nombres, porque uno está absorbiendo continuamente de todo y de todos.

6.- ¿Cuáles son los escritores y escritoras venezolanas que más te han conmovido? ¿Por qué?
Voy a nombrar a mi preferido, sobre todo para conmoverme: Eugenio Montejo. Su poesía es la muestra de cómo escribiría un tordo si supiera, de qué nos diría la naturaleza si entendiéramos su voz. Montejo es Pan y Apolo al mismo tiempo; y es Hércules; un Hércules elegante y exquisito. Y cada vez que lo leo, me emociono.

7.- ¿Cuál es la obra literaria venezolana que más has disfrutado? ¿Por qué?
¡Pero qué preguntas más difíciles y comprometedoras! Pero voy a contestar desde la sinceridad del lector más ingenuo: la lectura venezolana que más he disfrutado ha sido Ana Isabel, una niña decente, que leí con doce años, y la disfruté tanto porque leer que a Ana Isabel le crecían las tetas detrás de la camisa mientras ve jugar a sus amigos en la plaza desde la ventana, me parecía el colmo del erotismo. Y me excitaba mucho.

8.- Seguramente el movimiento literario venezolano visto desde afuera no es igual a verlo desde adentro. Llevas varios años radicado en España, pero siempre has estado pendiente de todo cuanto ocurre en las letras del país. ¿Cómo veías las cosas antes de irte y cómo las ves ahora?
Más o menos igual. La literatura venezolana no tiene nada que envidiarle al resto de la literatura del mundo. Hay grandes escritores y hay célebres mediocridades. Tenemos a Ramos Sucre, tenemos a Balza, a Cadenas, a Quintero, a Liendo, a Pantin, a Almela, a Vestrini; tenemos Doña Bárbara y al «inventor» (más bien introductor) del término Realismo Mágico y de la noción de «Reino de Cervantes», Úslar Pietri, nada más y nada menos. Y tenemos un montón de libros malos y aburridos, y algunos que pueden venderse mucho. De lo que carecemos, como muchos otros países del entorno, es de una industria editorial fuerte, de unos medios de comunicación más comprometidos y de una política de Estado de difusión de la cultura venezolana. Eso era así antes, y sigue siendo así ahora. Así que nos toca remar a cada uno en su canoa, y hacer por la literatura venezolana lo que cada uno de nosotros pueda, dentro de sus posibilidades. Hace dos años, tuve la suerte de ser invitado por una editorial eslovena a preparar una antología de relatos venezolanos, que fueron traducidos y publicados en Liubliana. Junté 25 autores nacidos entre 1950 y 1987, y creo que el resultado gustó mucho. Esas mínimas acciones, sumadas una a una, pueden dar un buen resultado.

9.- En este año dos nuevas producciones: Nochebosque y Los sordos trilingües. Una novela y una colección de cuentos. ¿Qué puedes comentarnos de estas dos propuestas?
La novela es una reelaboración de una fábula infantil, con intención de ser una historia de terror. Espero haberlo conseguido. Y el libro de cuentos recopila Leerse los gatos y Homero haciendo zapping, mis dos libros anteriores, publicados en Venezuela, y uno nuevo, el que le da título al libro, que aglutina textos publicados en la red durante todos estos años y un grupo de textos que habían permanecido inéditos hasta ahora. Estoy muy contento porque es mi primera publicación exclusivamente para ebooks y demás dispositivos de lectura electrónica.

10.- ¿A qué huele la tinta de un libro digital? ¿Qué piensas y sientes con esta aventura del libro digital? A pesar del agua que ha pasado bajo el puente, sigue existiendo un poco de resistencia ante este indetenible fenómeno.
Yo creo que el libro digital y el libro de papel no se van a estorbar, de la misma manera que la televisión no estorba a la radio. A veces leeremos en digital y, a veces, en papel. Las distopías del tipo 1984 o Fahrenheit 451 no suelen cumplirse al pie de la letra, sino de otra manera, que siempre es peor. La tinta digital no va a manchar el inocente papel de los libros tradicionales, pero tampoco lo va a dejar incólume. Mayor problema ahora me parecen dos aspectos más perversos de nuestra cultura contemporánea: el embrutecimiento lingüístico de las nuevas (y de las viejas también) generaciones, y el progresivo aniñamiento de la sensibilidad, añoñamiento, más bien. Cada vez sabemos más, pero somos más tontos, más banales, más pueriles. Una de las manifestaciones más palmarias de este entontecimiento de la sociedad son los libros adaptados: Don Quijote «para niños», El jorobado de París «para dummies», etc., que llevará algún día a hacer un Kama Sutra «para niños», porque los pequeños «también tienen derecho», suprema memez que siempre se esgrime para justificar semejantes disparates. De hecho ya ocurre: el otro día iba caminando por la calle cuando escuché una música infantil que se me hizo familiar, y cuando me acerqué al lugar donde había niños y unos payasos les repartían globos, ¡resulta que era una versión «para niños» de (I Can’t Get No) Satisfaction, de The Rolling Stones! Eso sí que es un problema, no la relación digital/analógico.

11.- Has cosechado distintos géneros literarios. De hecho, creo que los has andado todos salvo la poesía. ¿Por qué no la poesía?
La poesía es lo más difícil de todo, le tengo demasiado respeto y veneración. Tanta, que solo escribo poesía cuando estoy enamorado.

12.- ¿Qué estás leyendo en este momento? ¿Qué puedes comentarnos de la lectura?
Este mes he tenido una epifanía: se llama House of Leaves, de Mark Danielewski, y es una novela publicada en 2000, aún no traducida al español por misteriosas razones, que es al mismo tiempo una historia de terror y un artefacto literario que reta al lector a sumergirse en él. Se me asemeja a los experimentos temporales de la película Arrebato de Iván Zulueta y de Koyaanisqatsi, de Godfrey Reggio. Leo y leo —muy lentamente— esa novela y me parece que estoy haciendo un doctorado en escritura creativa. Sé que pasaré años leyéndola y que es como una droga. La lectura es la mejor droga: solo produce miopía.

Juan Carlos Chirinos nació en Valera, Venezuela, en 1967. Egresado en Literatura, es novelista, novela, cuentista, biógrafo y dramaturgo. Su obra ha sido incluida en diversas antologías, tanto en Venezuela como en España, Estados Unidos, Argelia, Cuba, Canadá y Francia. Ha publicado: El niño malo cuenta hasta cien y se retira (Caracas, Norma, 2004) (Madrid, Escalera, 2010); Nochebosque (Madrid, Casa de Cartón, 2011); Leerse los gatos (Caracas, Memorias de Altagracia, 1997); Homero haciendo zapping (Caracas, Fundación Ramos Sucre/UDO, 2003); Los sordos trilingües (Madrid, Musa a las 9, 2011) -ebook; Alejandro Magno, el vivo anhelo de conocer (Bogotá, Norma, 2004); Albert Einstein, cartas probables para Hann (Bogotá, Norma, 2004 / México, Sep, 2005 – Norma / SEP); La reina de los cuatro nombres. Olimpia, madre de Alejandro Magno (Madrid, Oberon, 2005); Miranda, el nómada sentimental (Caracas, Norma, 2006).

En 2011 publicó:

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