Atilio Storey Richardson
Publicado en Panorama entre 1955 y 1958.
Sobre la madre
Para América Richardson de Storeyç
La madre dijo:
“Sacude los árboles, bésales la raíz
y sé generoso como la soledad
para que encima de tus hombros
caiga la lluvia de las aldeas del sur”
La madre dijo:
“En el rincón más húmedo del corral
guardo tres álamos de plata
-dulce como el sonido de los ríos-
Ve a medianoche, apacigua los animales tristes
y pregunta a los pájaros
por el duende que fabricaba flautas con la arena
y corría por el mar
con una diadema de girasoles entre las manos”
La madre dijo:
“Calla hijo, calma tu sed
y usa del vino que derraman los caracoles en las playas
porque realmente los días son escasos
como para permitirnos el llanto
o el anuncio de los distintos apellidos del cielo
sobre papel-japón en el que a veces
vienen envueltas mariposas desde las tierras del otoño”
La madre dijo estas cosas
y entre sus ojos
los manantiales se repetían como siempre,
iniciando el aleteo de las cigarras
sobre los frutos de la aurora
Los sonetos de Chenda
1
Visteis tan sólo ayer este latido
de agredido calor y pulso grave
olvidado caer lejos del suave
clímax de eternidad de su gemido.
Visteis tan sólo ayer el aterido
bosque de heroicidad de un muerto clave,
violín de soledad donde no cabe
sino el duro fulgor del malherido.
Visteis este morir tan muellemente
que decoró con sangre su corriente
la elevada pared de su ternura.
Chenda volvió de un pueblo donde el alma
crece con tulipanes en la calma
de un banderín abierto a la dulzura.
2
Si encontraran sus labios la glorieta
que palpa mi esperar desorbitado,
si sus ojos cantaran el pausado
Canto del Buen Amor, si su silueta
Rompiera así el retiro asceta,
Todo tendría el rumor azucarado
De una aurora naciendo en el arado
De un falso girasol. Y en la meseta
donde su frente doble mis campanas
despertarán ansiosas las mañanas
a su tacto de rosa. Chenda: leve
fruto de paz, idioma de miel mansa,
Chanda tenue, revive sin tardanza
el mural de una fe que el tiempo bebe.
Muchachas de diciembre
1
Los murciélagos esculpían sus élitros urbanos
en la sorda herejía de la desfloración lunar.
Ella dormía sobre la hierba triste
que fluye hacia el arcoiris.
Hablaba de los crucifijos desaparecidos
bajo la sombra de los astros
y creía en el retorno de los espectros
que sufren la lentitud de la tierra.
2
¿Conocisteis su piel de mariposa
aquella tarde
cuando la calle
era una dentadura de mendigo furioso?
No traspongáis los flancos de esta muchacha jubilosa
o vería en vuestros rostros
el estúpido idioma de las ranas heridas.
Vedle los párpados
y no tendríais ese colmillo inútil
colgado de la noche.
Podrían saber por qué preside
con una plenitud de fuego ileso
mis rutas cotidianas.
Es la hora mojada
y sus costados turban mi soledad.
Algo que ella preside
A Marlene Finol
Ella dormía entre la hierba triste que fluye hacia los arcoiris.
Algo de aldea sin plaza, sin palomas, manaba de sus labios.
Hablaba de los crucifijos desaparecidos bajo la lluvia de los astros
y entre su voz de lámpara silvestre siempre reconocíamos
la ingenuidad del agua bañando nuestra sombra.
De pronto, rodó junto a nosotros la cordial lozanía
de la muchacha sueca, la dulce de setiembre.
Y preguntáis ahora por qué la tarde cuelga de sus aleros
esa diafanidad de gansos parecidos al resplandor de la neblina?
Ahora se entiende todo.
No traspongáis los muros de esta criatura milagrosa:
la huella de sus hombros limpia con alegría la impureza bendita
de todos nuestros ríos.
Podrían saber por qué preside con una plenitud de silla ilesa
mis rutas cotidianas.
Lloverá simplemente en la zona del aire
donde nacen sus flautas deliciosas.
Podría llegar ahora nuestra liviana muerte:
por encima del alba, la paz de sus vitrales barre mi soledad.
Impromtu 6 p.m.
Canciones tenues
de denso aroma su multiforme persistencia
narcotizan la tarde.
Pende de las ventanas envejecidas
la nítida sonrisa vespertina
de las muchachas con olvido.
Desde la calle, cirenaico,
elevo mi rosario de penas sumergidas.
No está conmigo. Su vieja y tierna
suela de zapato, su jubiloso amor
con Año Nuevo y su sirena alborozada.
No está conmigo el negro que le asoma.
Mas la paloma es de un plumaje
persistente y fatal, que abril no pierde
su presencia. La cita y la paloma.
Un vendaval de besos y un otoño lacustre
ata nuestro latido a corazones ancestrales.
Percibo testamentos bíblicos
de cordial Apocalipsis en la aurora.
Edifican caballeros de arena
las olvidadas niñas de la tarde.
Un calendario que no muere
es el tic-tac repetido de mis pasos.
Besos, amigas y canciones
de infinita nostalgia en las esquinas.
Desprevenidas aceras, alargados faroles
y parlanchines italianos. Empleadas presurosas,
estudiantes sin noción del tiempo
y piropos. Languidecen de fe
las beatas del Convento.
Crepúsculo para Reverón, para Poleo
cielo para evocar más cerca
en rima de querer Barquisimeto.
Mi violín ha echado a correr
su monótona melodía por los corredores
olorosos a pan caliente y chocolate.
En estos versos no ocurren despedidas.
Tedio, tiempo, intrascendencia, nada.
La vida es un ancla mohosa oxidada en alguna
bodega de ferretería en quiebra.
Tono menor. Susurrísimo… Descrecendo…
Todo distante y vago.
No está conmigo. Angustia de no sentir
sus “fobias”.
Para Junio Abril no perderá jamás, no,
nunca, su presencia.
En las ventanas, muchachas con olvido.
Canciones tenues por la tarde.
Desde la calle, cirenaico,
elevo mi rosario de penas sumergidas.
Canción para mi lápiz
Bohemio trasnochado, amo de lo nocturno,
llave de mis estrofas, por ti se entra a mi amor.
Si pudieses hablar, no sé qué pasaría.
Eres tan familiar con mis amigos. Y estrenabas vocales
indefensas cuando reías con ellas. Eras celoso.
Hombre tuberculoso,
enjuto gentleman,
por ti, se entra a mi amor.
Negro relámpago, quemabas con tus llamas
el velamen ingenuo de mi papel marino.
Tú sabes el sencillo placer de escribir mis preludios.
Eras tan orgulloso
con tu vestido de topacio y tu sombrero de rubí.
¿A qué se debe
que tu columna vertebral sea negra?
Médula de antracita, de insípido carbono,
de grafito brillante
tú diste mis epístolas.
Quizá si en tus mejillas de oro falso
había sangre de la pluma de Whitman
¿Eres acaso vecino de Cervantes?
Puede ser que en tus músculos
haya estirpe de canadiense o fibras vigorosas
de palo del Brasil, primo-hermano
del Samán de Güere.
¡Cómo no amarte si me entregas sonatas!
Me da una lástima verte tan asustado
y con tu leve cráneo
de cabello rojo. Duerme, es hora de vagar
en sueños. Mañana partirás hacia otros brazos.
Hay un rumor de abismos entre los pescadores
Por acercarse a ti. Sólo que estoy queriendo ahora
y por ello, no podrás todavía estrenar
tu dulcedumbre humana y confidente.
Duerme tranquilo, bohemio trasnochado,
Vagabundo lunar.
Duerme tranquilo, hermano,
por ti se entra a mi amor.
Balada para ti, Clarodeluna
Suaves ojos de mar tierno serenos
donde renazco al fin, y cantarino,
inauguro mi canto peregrino
de mis labios así, recios, morenos.
Balada de tu nombre innominado
para acercarme a ti con el estío
y palpitar por fin, muerto de frío,
el corazón sin sol, abandonado.
Te doy aquí mi amor, sobre la brisa,
mi epístola pluvial, y mi llamado.
¡Marinero y zagal, junto a tu risa
ancla en el mar de tu mirar, mareado!
Recalentarme en ti, sobrellevado
por el bajel sin nombre de tu río
y en la D de tu seno, sin desvío
anclar dormido en tu fulgor amado.
Lloro como la almeja, sin gemido
desde mi concha gris, deshabitado,
porque no está conmigo el encantado
castillo medieval de tu latido.
Inextinguible sol, pavana mía,
crea la luz febril de mi morada,
eres como la sal bienesperada,
colegiala pluvial, Virgen María.
Hecha de cielo, amor y fantasía,
tibia sangre sutil enamorada
eres canción y fuego y llamarada,
guardas de un “blue” la tenue melodía.
Plenilunar estrella cotidiana
amo tu D, plumón, lira quebrada,
sobre el cielo de marzo dibujada
constelación azul y meridiana.
No temas a la muerte, niña mía.
No podrá con nosotros la esperada.
Amor la verá siempre derrotada.
Toma alegre y feliz tu celosía.
Hecha de nardo, tul y de balada
¡Qué suave eres tú: Claro de Luna!
tenue lira de amor como ninguna,
inundada de mí por mi tonada.
Ola de mar, algo de mi laguna,
conspiración final de mi desvelo
canto junto a la nube, el sol y el cielo
balada para ti: CLARODELUNA.
Canto del Paraíso
Y el ángel más hermoso
se detiene y le dice:
Mírame a los ojos, besa mi boca
y recógeme sobre los ríos
o sobre los largos caminos.
Llámame siempre junto al fuego
porque yo soy la sombra de tu amada.
Comunícale tu mensaje
a los sobrevivientes
y hazles saber de una comarca
antigua como el oro,
sólo habitada por luciérnagas,
por doncellas de azúcar
y por árboles iniciados a la luz de la luna
en los oscuros ritos de la Estrella Polar.
Que nunca mi sangre caiga en vano
para que tus hijos y mis hijos
sean como partículas de amor
sembradas sobre la tierra,
para que siempre juntos
nuestros besos sean un cáliz de ternura
para sobrevivir a la muerte
El paraíso de la amada
Vuelas todos los días,
resucitas
y cantas con voz trémula
que alumbra el paraíso.
Clara
como los ángeles,
como el día que siembra el porvenir…
Te busco, te doy caza.
Tú eres el ave
que sube para siempre.
Crónica de la amada
Para Adelaida de Viñas
Te he amado bajo la lluvia.
De tu cabello ruedan pájaros dulces,
hilillos de sangre más blanda
que tu propia ternura.
Nos hemos besado detrás de la lluvia.
Algo nuestro quedó sobre el césped
que ahora florece alegre
como si de repente
todas las madrugadas
se hubiesen convidado
para una cita aquí junto a tu boca.
La lluvia nos moja el rostro.
Y tú sonríes
y quisieras correr
como en esas leyendas orientales
que deposito sobre tu sombra
cuando anochece
y todo el canto del bosque se oculta
para que salgan las primeras estrellas
y resplandezca tu ternura
como una piedra ceremonial
iluminando las cabañas del río.
Retorno de la amada
Ayer cuando tu sombra cruzó hacia el horizonte
tocando con los dedos la voz de la memoria
se nos tornó de pronto campanadas el alba
y un aire de ceniza rodó sobre los muros.
Nadie sabe decirnos adónde huyó la risa
que por aquí corría entre los girasoles.
Allá cerca del alba todavía los pájaros.
Allá cerca del alba nada más que la hierba.
Lejanas ruinas cercan la pradera desierta.
Allá cerca del alba sólo escombros, encinas.
En la tarde sucumben sin piedad las colinas.
Sólo queda el follaje de frustradas quimeras.
Sólo queda en la tarde esta lenta madera
que tal vez pertenece a un antiguo navío.
Testimonio del viento
A Carlos Paredes,
Fraternalmente.
Como un gran pájaro para iniciar el canto
el viento deja hilvanar sobre los días
pequeños trozos de carbón encendido.
Como anunciando desde lejos
el retorno anhelado
las lluvias se columpian
y siete lámparas ilustres
se abren en semicírculo
sobre los cielos
indicando hacia el Este
una columna de gaviotas
que hacia el crepúsculo
se acercan al caminante
que aguarda sobre los muelles,
que visita las agencias de viaje
los prostíbulos y los parques
como buscando algo perdido.
Y algo le dice que no hay tristeza todavía
que sobre el vino danzan ángeles
más afables que el amanecer
y más eternos que su rostro.
Cavo lentas señales,
recojo estas monedas.
Ruedan crueles los días.
Toco y nadie responde.
No hubo el grito que siempre acompaña
la tristeza de las bestias errantes.
Atilio Storey Richardson, nació en Maracaibo, en agosto de 1937, y muere en 1991. Educador, músico (violinista y pianista), escritor (poeta, ensayista y crítico). Miembro del Grupo «Apocalipsis».
En 1956 se le concede el premio estadal de poesía por Junto a la muerte siempre levantado y Algo que ella preside. Funge de articulista en Panorama desde 1956 hasta 1958 con la columna «Ver, Oír y Callar», bajo el seudónimo «Pablo Morel» y en otras ocasiones con la firma A.S.R., además de dirigir las páginas de «Artes y Letras» en este diario. De su libro Vino para el Festín hay dos ediciones, la más reciente es de la Universidad Católica Cecilio Acosta (2005).
Atilio Storey Richardson, Vino para el Festín, Universidad Católica Cecilio Acosta (2005).









Es todo un espectáculo este blog. Y esto de hoy, impresionante. Un buen rato de lectura para una mañana de domingo.
Gracias
Publicado por Juan | septiembre 11, 2011, 3:42 amPoemas que pudieron conformar su primer libro que debió salir en la editorial Caballito del Diablo, pero el proyecto quebró. Algunos poemas lograron salir en Vino para el Festín. Los otros estaban perdidos en los archivos del diario Panorama.
Publicado por Valmore Muñoz Arteaga | septiembre 11, 2011, 9:09 am…agradecida en mi papel de hija de este poeta hermoso, abrazos
Sara Storey…
Publicado por Sara Storey | septiembre 12, 2011, 1:01 pm