Entrevista a Eduardo Sánchez Rugeles
Por Valmore Muñoz Arteaga
Madrid, Julio 2011
¿Qué significado tienen para ti los libros?
El libro es un curioso objeto por el que he desarrollado una enfermiza relación de dependencia. No concibo mi rutina sin libros. No hay insomnio sin libros. Con muchos de —con algunas ediciones en particular— mantengo un leal fetichismo.
No creo exagerar cuando digo que todos los que llegan a escribir lo hacen luego de leer determinada obra o determinado autor. ¿Cuál fue ese autor o esa obra que te llevó a seguir el camino de la escritura? ¿Qué fue lo que leíste que determinó esta búsqueda en el mundo de las palabras?
Yo llegué a la literatura a través del cine. La pantalla —el televisor, el beta, el VHS— fue la que me permitió dar el salto al papel. Antes que Eco, por ejemplo, me deslumbró Annaud. Años más tarde, cuando fui a buscar a William de Baskerville en aquella erudita novela solo podía imaginarlo con el rostro de Sean Connery. Un autor que me abofeteó y me abrió el mundo de la creación fue Francis Ford Coppola. Te hablo, en este caso, de El Padrino de Coppola porque nunca leí y creo que nunca leeré El Padrino de Puzzo. La escuela norteamericana setentera fue un importante referente creativo: Coppola, Scorsese, Friedkin, Altman e incluso, mi fetiche infantil George Lucas.
Ese cine que yo veía a través de Cine Millonario, el antiguo canal ocho y Omnivisión Multicanal fue el primer impulso que me llevó a las ficciones. Mucho más tarde descubrí el cine de autor u otras escuelas que me marcaron mucho, en particular, el neorrealismo italiano. Giusseppe Tornatore me destruyó la sensibilidad con Cinema Paradiso. Gracias al cine supe que quería contar historias, pero a la literatura llegué más tarde.
Yo descubrí y confronté el canon literario occidental en la Escuela de Letras de la Universidad Católica. Siempre me gustó leer pero, hasta ese momento —1998— era un lector disperso, de bestsellers, de modas pasajeras. La universidad me descubrió un universo de autores que yo solo conocía de oídas.
Te cito algunas novelas latinoamericanas clásicas que me marcaron en esa experiencia: El obsceno pájaro de la noche de José Donoso, Conversación en la Cátedral de Mario Vargas Llosa, El Astillero / Juntacadáveres de Onetti, Del amor y otros demonios de García Márquez, la saga de El Gaviero de Mutis. En el contexto universal, Thomas Mann merece una mención aparte.
Y así, entre trasnocho lector e insomnio lector, cambié el cine por la literatura.
No sé si llamarlo boom literario o boom editorial. Es más, no sé si será un error hablar de ambos casos, pero lo que no se puede negar es que hubo una especie de renacer, no de la literatura venezolana —como muchos afirman— más bien de la narrativa en Venezuela. ¿Cómo viviste ese momento que, podríamos enmarcarlo, entre 2005 y 2008 más o menos?
Siento una profunda reticencia por la palabra «boom». El asunto del boom en Venezuela, a mi juicio, es un debate viejo, conflictivo e irresoluble. Hablar de boom en la narrativa venezolana —insistir en la idea de que, finalmente, llegó el momento de los narradores— me parece más una cuestión de complejo, de competencia contra el mercado continental, que de realidad literaria. Siempre se ha escrito narrativa. Siempre ha habido escritores buenos, regulares y malos. El problema, a mi juicio, ha sido la visibilidad.
Sí, considero que actualmente (a diferencia de los años noventa) hay un respaldo importante por parte de algunas editoriales. Sin embargo, no creo que esa plataforma sea el principal canal para hablar de este supuesto «boom». A mi juicio, la clave de lo que está pasando con las letras venezolanas pasa por la circulación de la información y la información en Internet, en las redes. Lo que creo que ha motivado un mayor conocimiento de lo que están haciendo los escritores venezolanos está condicionado por la manera cómo las nuevas tecnologías han permitido visibilizar un conjunto de autores y propuestas. Basta un estado de Twitter, un mensaje de muro de Facebook, un link de QueLeer o una reseña de, por ejemplo, el portal Prodavinci para que un autor o un texto pase a ser examinado por un público lector que hace algunos años solo podía familiarizarse con un nombre en la mesa de novedades de alguna librería, o por alguna nota de prensa. Creo que, actualmente, existe una comunidad virtual de escritores venezolanos en la que, más allá de las diferencias personales, políticas y estilísticas, los nombres y los trabajos circulan. A mediados de los noventa, para saber quién escribía, al margen de los tres o cuatro nombres consagrados, no solo había que tener amigos libreros sino tener algún tipo de relación cercana con algún medio cultural o una escuela de letras.
Por lo que he leído, esta nueva generación de autores, a diferencia de generaciones anteriores, no tuvo ningún interés en renegar de la tradición literaria del país. De hecho, intentan rescatar algunos nombres olvidados por la crítica. Salvador Garmendia, Adriano González León, Francisco Massiani, Eduardo Liendo. Inclusive, escritores mucho más tradicionales como Gallegos, Teresa de la Parra y Julio Garmendia son traídos a la dinámica social actual. ¿Qué autores o autoras venezolan@s te han marcado como escritor y —por qué no— como ser humano?
Siento una particular debilidad por Teresa de la Parra. Me gusta mucho su prosa, la musicalidad que le imprime a lo que narra. Memorias de Mamá Blanca fue una de esas pocas lecturas «cultas» que se coló en mis años de formación, cuando mi canon literario pasaba por V.C Andrews e Isaac Asimov. Recuerdo que la leí en la edición de Panapo. Siempre he reconocido, a diferencia de muchos compañeros de «generación», que he sido muy mal lector de literatura venezolana. Mi acercamiento a la literatura venezolana se lo debo, en gran medida, a Carlos Sandoval, quien fue mi profesor en el último año de la UCAB. A él le debo el acercamiento a Salvador Garmendia, por ejemplo, a quién leí con mucho interés y placer.
En mi casa había una edición de las obras completas de Gallegos y por ahí había leído algunas cosas, Doña Bárbara y Reinaldo Solar, en concreto. El día que me llamaron para decirme que había ganado el Premio Uslar Pietri, tras la taquicardia y la celebración, sentí una profunda vergüenza porque yo nunca había leído la obra narrativa de Uslar. Sí había leído ensayos y algunos cuentos. La vergüenza me llevó a la Casa del Libro a comprar Las lanzas coloradas. Fue una novela que me sorprendió, me cautivó por completo. Me esperaba otra cosa. Tenía la falsa impresión de que iba a tropezar con la sempiterna retórica patriotera.
Hay un autor venezolano que siempre he seguido con interés y no sé por qué razón no se edita con frecuencia: Ramón Díaz Sánchez. Es un crack. Su ensayo sobre Guzmán Blanco —La elipse de una ambición, algo así— no tiene desperdicio. Mene es una novela extraordinaria. No sé por qué su obra ha tenido tan poca prensa. Me gusta mucho el Otero Silva de Casas Muertas y Oficina No. 1. Hay otras cosas de él que me cuestan más. Hay clásicos con los que no conecto o que me aburren; sin embargo, reconozco y respeto el aporte y el trabajo de esos autores: Cubagua, por ejemplo. No me gusta. El mismo País portátil —nada personal—. Me cuesta mucho encontrar vínculos emocionales con ese imaginario sesentero tirapedrero e incendiario.
En lo personal, me marcó mucho Eduardo Liendo. Asistí a un taller literario con él en la UCAB y me pareció un tipo integral. Respeto mucho su trabajo y lo recuerdo con inmenso cariño.
Es innegable el significado de las obras de escritores como Roberto Bolaño, Ricardo Piglia, Enrique Vila-Matas, Juan Villoro, entro otros, en much@s escritor@s venezolanos de las últimas promociones. ¿Qué escritor@s, fuera de los límites de lo nacional, han marcado huella en tus novelas y en tus lecturas? ¿Qué destacas de cada uno de ellos?
Las influencias son variables. Soy un lector de temporadas, de fiebres. En esas temporadas selecciono o me encapricho con algún autor que se convierte en fetiche, en modelo trimestral o semestral. Hay dos obras que he leído en los últimos años que cito con frecuencia, son dos obras que sintetizan lo que entiendo por novela e, incluso, por literatura: Un puente sobre el Drina, de Ivo Andric, y Vida y destino, de Vassili Grossman. Estas dos obras reúnen nociones de belleza, dolor, miseria, existencia y demás conflictos humanos que procuro tener presentes a la hora de confrontar un proyecto literario. Grossman fue todo un descubrimiento. Galaxia Gutemberg está traduciendo gran parte de su obra al castellano. Cuando lo leo me digo: esto es literatura, esto es lo que quiero hacer. La historia trágica del manuscrito de Vida y destino refuerza mi respeto. El placer de leer a Andric es indescriptible. Hay que leer El puente. Es La Belleza.
Hace un par de años, tras la relectura de El Danubio de Magris, tuve un interés creciente por la literatura centroeuropea; el fetiche, el modelo de esa temporada, fue Joseph Roth. Luego tuve una temporada Onetti, leí tres o cuatro novelas de Onetti, mi interés por los personajes derrotados y abyectos llegó a su máxima expresión. Ahora estoy en una temporada de narrativa norteamericana. El modelo de los contemporáneos es Phillip Roth. Indignación por ejemplo (al margen de la vulgarización de la palabra por cierto diletante francés), es una novela que me gustó mucho. Me gusta esa idea variable de las influencias, me interesa lo ecléptico, lo plural. No sé qué temporada me tocará el año que viene.
También me marcó mucho el primer Volpi, el de En busca de Klingsor y El fin de la locura. Transilvania unplugged le debe mucho a esa influencia. Bolaño, por supuesto, es una marca ineludible. Mi favorita de Bolaño es Nocturno de Chile. Es un texto con el que, sin duda, Transilvania está en deuda.
Tu primera novela fue Blue Label/Etiqueta Azul. Obtuvo un premio importante, como lo fue el
Premio Arturo Uslar Pietri. Más allá de eso, ¿qué satisfacciones te ha dejado la novela?
Blue Label me ha dejado inmensas satisfacciones. Sobre todo porque, en principio, yo no creía mucho en ella. Blue Label fue una especie de ejercicio de depresión post-parto; un efecto del agotamiento y la frustración que sobrevino tras la redacción de Transilvania unplugged. Escribí Blue Label en tres meses sin mayores complicaciones, sin cronogramas rigurosos, sin respaldo documental; fue un proceso muy espontaneo. Recuerdo que mostré el primer borrador con algo de vergüenza, con mucho vértigo. «Ahí te va una historia de carajitos, una historia de amor que puede parecer algo ridícula, no lo sé. Échale un ojo a ver qué tal», le escribí a mi editora ad honorem, Cecilia Egan. A Ceci le gustó mucho la novela. Me insistió para que la mandara al concurso. En principio, obstinado, yo solo iba a participar con Transilvania.
Una de las cosas que más he disfrutado —y aún disfruto— de Blue Label es la relación que estableció la novela con el público lector, especialmente con los jóvenes y con muchas mujeres. He recibido correos hermosos, afectados, involucrados con el texto. Yo nunca imaginé que Eugenia Blanc y sus amigos pudieran generar ese efecto. Muchas chamas me escriben su amor por Luis Tévez, su fascinación por Vadier, su identificación con Eugenia. Ese proceso de recepción ha sido muy grato y me ha invitado a reflexionar, considerando la naturaleza de las dos novelas, sobre la fugacidad de las intenciones literarias.
Blue Label/Etiqueta Azul me recordó, en ciertos momentos, a Piedra de Mar, de Massiani, pero también a otras novelas más actuales como Rocanrol, de Lucas García París. ¿Qué desencadenó la idea de escribirla?
Una de las «inspiraciones» más sólidas para la construcción de Blue Label fue mi experiencia como docente en el colegio San Ignacio, específicamente con las promociones 80 y 81 de los grupos de Humanidades. La relación con los chamos, de alguna forma, me permitió delinear algunos personajes. La historia, al mismo tiempo, está cargada de muchas de mis experiencias como estudiante del bachillerato venezolano. Durante mi adolescencia ejercí una rebeldía sin causa que me hizo peregrinar por distintos colegios en los que tuve serios problemas de rendimiento académico y conducta. En ese tránsito conocí gente muy «literaria», muy rara. Todas esas experiencias, de alguna forma, aparecen en Blue Label. Sin embargo, la idea como tal aparece, específicamente, en los salones del San Ignacio.
Sí, hay un halo de la novela de Massiani. Siempre me gustó mucho Piedra de mar.
Recientemente, Alfaguara publicó tu segunda novela llamada Transilvania, Unplugged. Una novela redonda, sin lugar a dudas. Cuando vi la portada, recordé las viejas películas de la Hammer Films. ¿Esa foto es tuya, cierto? Nada más la portada da para una conversación muy larga, precisamente porque, tanto el nombre de Transilvania como la portada nos lleva a otra cosa muy distinta al tema de la novela. ¿De qué se desconectará el lector cuando lea Transilvania, Unplugged?
Sí, la foto es mía. La tomé desde la torre de una iglesia en Sighisoara, el pueblo natal de Vlad Tepes. Nunca imaginé que esa foto serviría para la portada de una novela que, entonces, en 2006, aún no había escrito. El día que firmé el contrato con Alfaguara llevé la foto y se la mostré al equipo directivo de la editorial. A ellos les gustó y ahí está.
Este título me pareció interesante por el juego con los referentes del lector. Mucha gente me ha preguntado si escribí una novela de vampiros. En el contexto literario actual, en el de la saga del Crepúsculo, los herederos de Ann Rice, la serie True Blood y tanto neogoticismo suelto, consideré oportuno lanzar un título que coqueteara con ese imaginario. Ahí podría haber un primer punto de «desenchufe», de ruptura: en Transilvania no hay vampiros, Drácula es solo un souvenir, la historia va por otro lado. Al mismo tiempo, los personajes de esta novela son, en conjunto, bastante oscuros, tristes, desengañados. Casi todos poseen una profunda sensación de desarraigo. Los venezolanos no están orgullosos de ser venezolanos, los rumanos no tienen una buena relación con su entorno. Hay un claro sentido de impertinencia, de “desconexión” existencial con todo lo que los rodea.
Creo que esta pregunta es elemental, y más de uno te la ha hecho, pero es inevitable. ¿Por qué Rumania?
Entre otras cosas, porque yo fui a Rumania como turista y esperaba encontrar un entorno natural hostil y ominoso. Mi imaginación literaria/cinematográfica configuró mis expectativas en torno a acantilados, niebla, atmósferas siniestras y vampiros exiliados. El desengaño fue fascinante. Encontré un lugar hermoso. Unas carreteras de un verde que solo he visto ahí; un paisaje veraniego que no tenía nada que ver con lo que yo había leído o que me habían contado sobre Rumania. Luego, sobretodo en Bucarest, encontré ciertas afinidades con Caracas que me invitaron a hacerme preguntas. Rodando por las carreteras transilvanas tuve el impulso de escribir una historia en la que aparecieran todas aquellas reflexiones.
Construir esa novela te debió llevar una larga investigación. ¿Cómo fue ese proceso?
El proceso de investigación, prácticamente, lo hice en Madrid. Yo escribí parte de Transilvania, unplugged en Caracas, antes de mi mudanza a España. Tenía la estructura, había configurado los personajes, las situaciones pero era consciente de que me faltaba mucho respaldo documental. Conseguir esa información en Caracas era muy difícil. Nuestras bibliotecas, por desgracia, no ofrecen las mejores condiciones para ese tipo de investigación. Exploré muchas cosas por Internet. Ceausescu.org, por ejemplo, fue la primera página en la que vi la imagen del conducatore, Nicolae Ceusescu. «Este tipo es un personaje», me dije. Rastreé algunos títulos en catálogos virtuales. Me mudé a España, me instalé y poco a poco comencé a explorar los recursos de la Biblioteca Nacional y la Biblioteca Complutense. Encontré muchísimo material. En la Nacional tropecé, entre otras cosas, con los archivos de la Securitate. Tuve también la oportunidad de conversar con una amiga rumana sobre asuntos de historia y de vida cultural en Transilvania.
Ambas novelas son muy distintas, aunque con una semejanza de la cual te preguntaré más tarde. Pese a esas cosas que las hacen tan distintas, el proceso creador nos deja notables enseñanzas. ¿Qué lograste comprender de ambas disímiles experiencias?
El pasado mes de diciembre terminé una tercera novela, un texto que comencé a redactar tras la publicación de Blue Label. En esa novela, cuyo título no te citaré para no empavar algunos proyectos, creo haber utilizado las experiencias positivas que logré extraer de ambos trabajos. Al menos en la intención fue así.
De Transilvania valoro el trabajo con la estructura, la configuración narrativa en dos tiempos, el uso del discurso histórico, la narración erudita en torno a ciertos referentes del pasado rumano. Sin embargo, echo de menos cierta vitalidad/espontaneidad que tienen los personajes de Blue Label/Etiqueta Azul. Te lo explicaré con este raro ejemplo: Yo tuve una excelente relación contractual/profesional con José Antonio Galleti y Emilio Porras. Trabajamos bien, les pagué sus honorarios, terminamos nuestro contrato y se fueron. La relación con los personajes en Blue Label fue totalmente diferente. Yo me comprometí con Eugenia Blanc; los vínculos filiales con Vadier y Luis Tévez fueron mucho más profundos que los que tuve con mis exploradores transilvanos. Reconozco, al mismo tiempo, que Blue Label puede tener algunas lagunas en su estructura. Por ejemplo, nunca estuve del todo a gusto con el personaje de Samuel Lauro, tengo la impresión de que le faltó trabajo. Todo esto que te comento es autocrítica de insomnio. No sé si los lectores perciban estos mismos conflictos con los que yo tropecé. El personaje de Transilvania, unplugged con el que sí tuve una relación filial y estrecha fue Luzny Hervazy. Para mí, Transilvania es Luzny. Jose y Emilio, mis protagonistas, son personajes de reparto. La verdadera tragedia de Transilvania, unplugged pasa por el pianista. También me sentí a gusto con el personaje de Alina. A ellos los echo de menos. Lo resumiré de la siguiente manera: cuando terminé de escribir Transilvania me sentí muy cansado, conforme con el trabajo pero agotado por el esfuerzo. El día que terminé de redactar Blue Label tuve un conato de depresión. Me emborraché solo y me puse muy triste. Abandonar a Eugenia y a Vadier me costó varias terapias imaginarias.
En concreto, de Blue Label rescato su frescura, su falta de «ambición» —en el buen sentido—; de Transilvania su rigor, su exceso de «ambición» —también en el buen sentido.
Hay un tema común en Blue Label y Transilvania, Unplugged y es la búsqueda de la identidad. En ambas novelas está muy latente este proceso. ¿Qué persigue Eduardo Sánchez Rugeles en su búsqueda?
Ojalá lo supiera, no tengo idea. Hay una inconformidad general que me obliga a hacerme preguntas irresolubles. Tengo una tendencia al desengaño y la melancolía. Percibo que el mundo —mi mundo en particular— está incompleto. Siempre ando buscando algo y desconfiando de las recetas habituales, de las llamadas «certezas». Intuyo, no lo sé, que en ambas novelas está presente la duda, la mortificación no solo por la identidad sino por cualquier asunto vital: Dios, el amor, el odio, el poder, el miedo. Me interesa explorar esos submundos, esa parte del individuo que es sombría. En esas ando… si encuentro algo con más o menos sentido te lo comentaré.
En este momento vives en Madrid, cuyo movimiento editorial es realmente muy movido, aunque no ha sido el mismo en los últimos años. Viendo nuestra realidad editorial desde allá, y pese a la circunstancia política y económica de Venezuela. ¿Dónde crees que debe mejorar nuestro mundo editorial para mantener la madurez y la calidad?
El tema económico, sin duda, pesa mucho. Es imposible esquivarlo. Cadivi no permite mucho margen de maniobra. Recuerdo haber leído en alguna Gaceta Oficial que el libro no era considerado un objeto de necesidad social por lo que la inversión en librerías y proyectos editoriales pasaba a ser una clara apuesta por la ruina. Algunos amigos me llaman necio o romántico por tener esta convicción, pero estoy convencido de que si el modelo político cambia la situación editorial venezolana mejorará de una manera muy visible. Cuando desaparezca el patético discursito patriotero y decimonónico, cuando Cadivi se convierta en un mal recuerdo, entonces, se podrá apostar por un nuevo modelo de gestión editorial. En el contexto actual, las apuestas por la producción literaria son titánicas. En este sentido, valoro y respeto mucho lo que ha hecho Ulises Milla con «Puntocero» o lo que está haciendo la gente de ReLectura con el proyecto de «LugarComún»; Héctor Torres con «FicciónBreve». Igualmente, el grupo Alfa hace un trabajo interesante con su serie de literatura política. Entiendo, sin embargo, que mantener estos proyectos a flote tiene que ser muy difícil. Las casas grandes tienen pocos recursos, las apuestas son contadas. Un punto a favor que ha tenido esta nueva generación de editores son las redes y las nuevas tecnologías. El uso de las redes es algo que, en comparación con España, en Venezuela se está trabajando de una manera muy dinámica.
¿Qué estás leyendo en este momento y qué comentarios puedes hacer al respecto de esa lectura?
Para un proyecto literario estoy leyendo mucha narrativa norteamericana. Acabo de terminar Némesis, de Phillip Roth. Roth me gusta mucho; sus historias me producen una gran ansiedad y mortificación. La reflexión sobre la enfermedad y sus efectos morales en las sociedades humanas es uno de los puntos fuertes de esta novela. Roth aborda la polio desde lo más abyecto. Nemesis es una novela cruel, desgarrada.
Otra novela en la que estoy inmerso es El despertar, de Kate Chopin, un clásico del sur norteamericano de 1899. La narradora, sin duda, expresa ideas de vanguardia para el contexto. La mujer se cuestiona su pasividad forzada, el relato confronta —sin caer en la propaganda fácil— una serie de reflexiones sobre la condición de la mujer en la Nueva Orleans de comienzos del siglo XX.
Zeigtun, de Dave Eggers es otro título con el que estoy trabajando. No me encanta. Este texto sí es maniqueo y propagandístico. El tema es interesante: Katrina, Nueva Orleans, el desastre, el caos, los héroes de la tragedia. Eggers cae, a mi juicio, en el Michael Mooresismo. Quiere proyectar la bondad de sus personajes de una manera tan obvia que, al final, resultan muy planos. Sobre el caso de Nueva Orleans lo más inteligente que he visto es la serie de televisión. «Treme», de David Simon. Extraordinario. Un trabajo muy serio.









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